SOCIEDAD
01/09/2026
Viaje al país en el que el Estado casi no existe: basura en las calles, bocinazos y el fanatismo por la selección argentina
Fuente: Netfan Servicios
El economista Guido Agostinelli recorrió las calles de Daca, la capital de Bangladesh. Allí dio cuenta del caos en las calles y los datos que demuestran la ausencia de gestión estatal. Además, las razones por la que idolatran a Messi y Maradona
El economista Guido Agostinelli recorrió más de 80 países. Su experimento social intenta hacer un análisis de cómo se estructura la economía en diferentes partes del mundo. El autor del libro Falacias libertarias intenta comparar, por ejemplo, el rol del Estado.
En las últimas semanas, Agostinelli subió un video de su visita a Daca, la capital de Bangladesh. Allí, lo primero que notó fue la ausencia de semáforos. "Si te imaginaste alguna vez cómo sería un país con un Estado casi ausente, no hace falta que te lo imagines más. Existe", dice en un video grabado en las calles de esa ciudad donde millones de personas caminan, bocinas mediante, sin veredas ni orden visible.
Bangladesh recauda cerca del 7% de todo lo que produce. Es, según el propio Agostinelli, "una de las cargas tributarias más bajas del mundo, la deseada por muchos libertarios", explica. El Estado no construye veredas ni pone semáforos porque no tiene con qué. Y esa escasez de recursos públicos tiene consecuencias que van mucho más allá del caos vial. Moldea el mercado de trabajo, define quién come y quién no, y determina las condiciones en que cuatro millones de personas fabrican la ropa que se vende en los shoppings de Europa y América.
Bangladesh es el país más densamente poblado del planeta. Son unos 148.000 kilómetros cuadrados (apenas un poco menos que Uruguay) para unos 170 millones de habitantes. Más de 1.100 personas por kilómetro cuadrado. Como describe el escritor y periodista Martín Caparrós en el libro El Hambre, es "un hormiguero de personas que intentan cultivar arroz en una tierra que no alcanza".
En ese contexto, la informalidad laboral es su forma natural de trabajo. Agostinelli lo comprobó en persona. El 85% de los trabajadores se maneja fuera de cualquier registro formal. "No es la excepción, es el sistema", afirma. La base formal se reduce a empleados estatales, empresas extranjeras y un pequeño grupo de operarios de las firmas textiles. Todo lo demás opera en los márgenes, sin contratos y sin protección.
El economista atribuye este nivel de informalidad a algo que va más allá de los números. "Ya es parte de su cultura. Tienen una mala visión del Estado, como que es algo malo, ineficiente, que les molesta en sus negocios". Esa desconfianza estructural hacia lo público, sostiene, hace muy difícil revertir el cuadro con cualquier gobierno, sea cual sea su signo político. "El problema no es la voluntad - afirma Agostinelli-. El problema es que no hay financiamiento posible bajo este esquema".
La causa más antigua del hambre en Bangladesh es la tierra. O, más precisamente, su ausencia. Caparrós lo documenta con precisión en su texto. Solo el 1 % de las granjas bengalíes tiene más de tres hectáreas. El 86 % tiene menos de una, que no alcanza para alimentar a una familia. Millones de campesinos no tienen ninguna.
La explosión demográfica de los últimos cien años agravó lo que ya era precario. Las personas ocuparon tierras cada vez más difíciles, más ingratas. Y esas tierras dependen de un clima impredecible. Las inundaciones que traen las lluvias y los grandes ríos son indispensables para los cultivos, pero sus excesos son fatales. Los ciclones, tornados, marejadas y sequías completan el cuadro.
La llamada "revolución verde" triplicó la producción agrícola en cuatro décadas, pero dejó el suelo exhausto. Los lagos y ríos, que daban trabajo a diez millones de pescadores, se vaciaron por sobreexplotación. La tierra cultivable disminuye un 1 % cada año porque las ciudades la absorben. Y los campesinos, que todavía representan dos de cada tres bengalíes, huyen hacia Daca.
Hace 60 años, Daca era una pequeña capital de provincia con medio millón de habitantes. Hoy llega a los 40 millones. Agostinelli, que la recorrió, la describe como "un gran caos todo el tiempo", con bocinazos permanentes, basura en las calles y millares de personas caminando en todas direcciones.
Caparrós la define con más crudeza. "Daca es una ciudad modelo, la que sintetiza cómo y por qué la forma ciudad ha fracasado". No hay luz pública, ni cuidado del espacio público, ni orden visible. Cada día llegan miles de personas que creen que allí van a vivir mejor que en sus aldeas, o que se despertaron para ver que su aldea quedó bajo el agua, o que su media hectárea de tierra pasó a manos del prestamista.
Bangladesh es el segundo exportador mundial de ropa, después de China. Las prendas representan tres cuartos de sus exportaciones. Cuatro millones de obreros sostienen ese volumen. El 90% son mujeres.
Agostinelli lo vio en los mercados. Hay remeras, imitaciones de camisetas de fútbol, a un dólar para el consumidor. "Si eso es lo que paga el consumidor, el costo de producción real es de pocos centavos", dice. Caparrós lo detalla con un caso concreto en su libro. En el texto, cuenta la historia de Fatema, una obrera textil que cobra 3.000 takas por mes (unos USD 35) por operar una máquina 12, 13 o 14 horas por día, seis días a la semana. En cada jean que se vende a USD 60 en Nueva York, el costo de la mano de obra bengalí está "entre los 25 y los 30 centavos".
Las condiciones de trabajo son tan precarias como los salarios. Los talleres están amontonados en edificios de ocho pisos, mal ventilados, llenos de telas y productos químicos. Los incendios y derrumbes son frecuentes. Cuando un edificio mostró grietas y fue evacuado, los patrones ordenaron volver al día siguiente. La que no entrara perdía el sueldo del mes. Entraron todas. El edificio se derrumbó en segundos. Más de 1.100 víctimas. El dueño era un dirigente del partido gobernante.
Caparrós señala en su libro que uno de cada cinco diputados nacionales es empresario textil, y los que no lo son invierten en la industria o cobran sobornos. Nadie tiene el menor interés en cambiar nada. Cualquier intento de organización sindical es reprimido con violencia parapolicial. Aminul Islam, líder obrero que había conseguido elevar el salario mínimo del sector de 1.600 a 3.000 takas, fue secuestrado, torturado y apareció muerto al costado de una ruta en las afueras de Daca. Tenía 40 años y dos hijos.
Bangladesh produce más del 90% de la comida que consume. Pero eso no lo protege de los vaivenes del mercado global. Los precios internos están atados a las cotizaciones internacionales. Y suben.
Los pobres de Bangladesh destinan más de tres cuartos de sus ingresos a la comida. Cualquier aumento de precios es, para ellos, un golpe que puede significar la diferencia entre comer y no comer.
Agostinelli agrega otro dato que ilustra la fragilidad del sistema financiero. La morosidad en el crédito ya llegó al 35% de quienes toman préstamos y no pueden pagarlos. En Argentina, ese índice ronda el 12%. "Con menos Estado siempre se puede estar peor", advierte.
En el gobierno de Bangladesh trabajó Muhammad Yunus, Premio Nobel de Economía. Su teoría, que le valió reconocimiento mundial, parte de una observación empírica. Este investigador afirma que dar microcréditos a los sectores más vulnerables para la compra de herramientas genera las tasas de cobro más altas del sistema y contribuye al crecimiento económico.
Agostinelli lo menciona como un dato que contrasta con la lógica del sistema bancario tradicional. Los pobres, paradójicamente, pagan mejor que los sectores formales. Pero el propio cuadro de informalidad y precariedad que describe el economista sugiere que los microcréditos, por más que funcionen en sus propios términos, no modifican la estructura que genera el hambre. Los hospitales son otro ejemplo. "Todos los bengalíes se quejan de la mala atención", dice Agostinelli. Hay un pequeño sector privado dedicado a los más ricos y el resto accede a un sistema público desbordado.
El impacto de los salarios bengalíes no se detiene en las fronteras del país. "Ese salario de cien dólares y esa producción por centavos no afecta solamente al que vive en Bangladesh. También golpea las industrias textiles del resto del mundo, incluida Argentina, que no pueden competir contra un costo laboral y una informalidad así", afirma Agostinelli.
Caparrós lo formula desde el otro lado de la cadena. Las grandes marcas y supermercados cobran por lo menos seis veces el precio que pagan por las prendas. Un empresario americano citado en el New York Times lo justificaba con una lógica de hierro. "Necesitamos llevar cierto tipo de producción a los países donde vamos a tener más rentabilidad, así podemos mantener un nivel de ganancias que nos permita invertir en investigación e innovación". Que existan países como Bangladesh, con millones de obreros que trabajan por USD 100 al mes, es condición necesaria para ese orden.
En ese país de bocinazos, derrumbes y salarios de miseria, hay algo que detiene el caos por un momento. Eso sucede cuando juega la selección argentina. Los bangladesíes son fanáticos del equipo albiceleste desde los tiempos de Diego Maradona, y las generaciones más jóvenes tienen a Lionel Messi como nuevo ídolo.
Cuando Argentina ganó la Copa América en el Maracaná, el partido terminó a las ocho de la mañana en Daca. Había lockdown estricto por la pandemia. Nada de eso importó. Miles de personas salieron a la calle en caravanas de motos, con banderas y bengalas. En 2014, al menos tres personas murieron electrocutadas mientras colgaban banderas argentinas del precario cableado de la ciudad. La prensa local los llamó "mártires del Mundial". Durante los dos últimos mundiales pasó lo mismo. "La selección argentina tiene más fanáticos en Bangladesh que en nuestro país", afirma Agostinelli que vivió la remontada histórica de Argentina frente a Egipto en Daca.
El origen de ese fanatismo tiene varias explicaciones. Mehedi Sujan, editor de Deportes del diario New Age, señala que el punto de inflexión fue el Mundial de México 1986. "No sería exagerado afirmar que 'México 86' convirtió a Maradona en una superestrella", dice. Cuando llegó el partido Argentina-Inglaterra, con la Guerra de Malvinas todavía fresca en la memoria bengalí, Maradona hipnotizó a un país entero.
Raúl Becerra, goleador argentino del equipo Bashundhara Kings que jugó en Bangladesh, confirma esa lectura desde adentro en una nota de Infobae. "La gente de acá me habla más de las Malvinas, del enfrentamiento con los ingleses, de cómo los marcó Maradona, y la pasión por el fútbol que tenemos en Argentina". Sujan agrega que los bangladesíes se identificaron con los latinoamericanos porque, en sus palabras, "enfrentaron las mismas dificultades económicas y la misma explotación por parte de Occidente".
Hay también una razón física. La estatura media de los habitantes de Bangladesh es de 1,64 metro. Maradona, bajo, robusto y rápido, les demostró que alguien de su tamaño podía dominar el mundo. En los años 80, su imagen apareció en cuadernos, botellas, camisetas y envoltorios de pirulines. Los chicos de las villas de Daca usaban su mismo peinado y botines "Puma King" de producción local.
Cuando murió Maradona, el 25 de noviembre de 2020, hubo un minuto de silencio hasta en la liga de cricket, el deporte nacional de Bangladesh.
Fuente: Netfan Servicios