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SOCIEDAD

01/09/2026

Huellas de sangre y una mujer que confiesa el crimen de sus hijos: el primer caso policial resuelto con el método de Juan Vucetich

Huellas de sangre y una mujer que confiesa el crimen de sus hijos: el primer caso policial resuelto con el método de Juan Vucetich

Fuente: Netfan Servicios

El perfeccionamiento de la identificación de las personas por las huellas dactilares encontró en este inmigrante croata y policía bonaerense a su mejor exponente

La escena no podría haber sido más trágica. Sobre la cama matrimonial, yacían los cuerpos de dos criaturas. En el piso, inconsciente, su mamá. Felisa, de cuatro años y Ponciano, de seis, habían sido degollados. La madre, Francisca Rojas, tenía un corte superficial en el cuello.

Fue en un humilde rancho en las afueras de Quequén, y el hecho había ocurrido en la tarde del 29 de junio de 1892.

"Hemorragia fulminante", dictaminó el forense cuando examinó los cuerpos. Francisca, al volver en sí, acusó a un vecino, Ramón Velázquez de ser el autor de la tragedia. Que había querido abusarla, que la atacó y que terminó asesinando a sus hijos, dicen que dijo.

La policía lo detuvo. Juró su inocencia y fue violentamente abordado; incluso lo sometieron a un duro interrogatorio frente a los cadáveres de los niños, mientras lo seguían golpeando, pero el hombre repetía que era inocente. Los vecinos lo defendían, si ni a una mosca mataba.

El pobre desgraciado fue careado con la mujer, quien además lo acusaba de haberle propinado una paliza. Y que, además, la había golpeado con una pala. Lo extraño del caso era que ella no tenía marcas de golpes en el cuerpo. Los investigadores no demoraron en llegar a la verdad. El comisario inspector Eduardo Álvarez cortó dos pedazos de la puerta de la habitación en las que había descubierto huellas de sangre y se las envió a un amigo, Iván Vucetic, un croata que estaba desarrollando un novedoso método dactiloscópico.

Las manchas, que suponían pertenecían a un hombre, el supuesto asesino, eran de la mujer. Se quebró y dijo que prefería matar a los chicos antes que dárselos a su marido, Ponciano Caraballo, de quien estaba separada.

Velázquez fue liberado y Francisca condenada en septiembre de 1894 a reclusión por tiempo indeterminado; se salvó de la pena de muerte, que no aplicaba para las mujeres.

Era la primera vez que se dilucidaba un crimen con el método de Vucetich.

Este inmigrante croata tenía 24 años cuando llegó a la Argentina junto a su hermano Martín y otros amigos, y consiguió trabajo como capataz en Obras Sanitarias. Su función era el de vigilar el trabajo de los obreros.

Se nacionalizó argentino y cambió su Iván por Juan. Por 1888 se radicó en la flamante ciudad de La Plata, vivió en una casa de la calle 60 y entró como meritorio de contaduría y mayoría en la oficina de Contaduría y luego de Estadística de la policía provincial, con un sueldo de treinta pesos mensuales. Gracias a sus conocimientos y al manejo de idiomas, rápidamente escaló en la jerarquía.

Era una persona cálida, afectuosa, educada, humilde y amante de la música. Y era inteligente.

Se enfocó en organizar esa dependencia olvidada que era la sección de Identificación Antropométrica, ordenada bajo el método de Alfonso Bertillon, un francés que tomaba en cuenta las dimensiones de determinados huesos. El tamaño del cráneo, el largo del dedo medio, del pie y antebrazo izquierdos constituían su patrón de medida para identificar a las personas. Además de nuestro país, solo Estados Unidos, Canadá y Francia contaban con este tipo de dependencias.

La identificación por medio de la fotografía no estaba muy desarrollada en el país porque era un método caro, y se echaba mano de los artistas que hacían dibujos de los rostros de los sospechosos. Había que adoptar un método conveniente a los tiempos que se vivían. A mediados de la década del 80 del siglo XIX, una de cada nueve personas había sido arrestada, especialmente por desorden en la vía pública y ebriedad, aunque no era significativo el número de delitos contra la propiedad y las personas.

Vucetich se carteaba con el primo de Charles Darwin, el inglés Francis Galton, quien había desarrollado interesantes trabajos de herencia, había sentado las bases de la eugenesia, y se había dedicado a la estadística, la criminología y la inmutabilidad, la diversidad y la perennidad de las huellas dactilares.

Galton no había sido el primero en detenerse en las huellas dactilares. El fisiólogo checo Jan Purkinje había tomado el guante de observaciones que venían de la antigüedad, cuando se descubrió que desde que una persona nacía y hasta cadáver, las yemas de sus dedos y las plantas de los pies no cambiaban.

Las huellas dactilares se estudiaron desde la antigüedad y en varias culturas encontraron su utilidad, como en Corea, donde los traficantes, para certificar una venta, les hacían estampar a los esclavos la huella de los cinco dedos en un papel. O los chinos, que las usaban para rubricar contratos.

Vucetich logró identificar 101 rasgos, que separó en cuatro grupos: arcos, presillas internas y externas y verticiclos. A ese sistema lo llamó Icnofalangométrico y comenzó a aplicarse el 1 de septiembre de 1891. Esa palabra casi impronunciable fue modificada, de buen grado por Vucetich, por Dactiloscopia, a sugerencia del científico Francisco Latzina.

A los que primero identificó fue a 23 procesados y luego siguió con todos los detenidos en la cárcel de La Plata. Al año siguiente fue el turno de todos los aspirantes a agentes de policía. A partir de su método comprobó que 80 tenían antecedentes y había otros que se escondían bajo otra identidad.

Mientras tanto, Vucetich trabajaba sin parar. Tomaba muestras de los presos y cuando obtuvo algo más de 3600 registros, la policía terminó adoptando su método en 1894.

Además de los policías, los empleados públicos, los cocheros, carreros, servicio doméstico y prostitutas, entre otros, debían registrarse en la policía y cada uno se les tomaban las huellas.

Para 1903 ya se disponían de 600 mil fichas y desde comienzos del siglo veinte las huellas dactilares comenzaron a aparecer en los documentos personales. Y con el servicio militar obligatorio, cada hombre que se incorporaba se le tomaba el registro correspondiente.

Se casó tres veces. La primera con Felisa Damiani, con quien tuvo a María Teresa; al enviudar contrajo enlace con Lola Etcheverry, y tuvo otra hija, Débora. Nuevamente enviudó y se casó con María Cristina Flores, con quien tuvo tres hijos: María Cristina, Celia del Carmen y Juan Máximo.

La fama que tuvo en el país no tiene comparación con la que se había hecho en el exterior, donde alababan la exactitud de su método. Estuvo en Europa, Asia y Estados Unidos en una larga recorrida, costeada de su bolsillo, para hacer demostraciones de sus investigaciones. Hasta el fisco lo aplicó en el Congo Belga, donde sus habitantes hacían lo imposible por no pagar impuestos: cambiaban de nombre y hasta adoptaban la identidad de otro. El método de Vucetich fue útil para subir la recaudación.

Lamentablemente, el Registro General de Identificación de Personas que había fundado el 20 de julio de 1916 duró poco. Al año siguiente lo cerraron, excusándose en la falta de presupuesto. Pero lo cierto es que "la identificación es de suyo chocante, porque repugna al espíritu de libertad, pues es el espionaje a las personas llevado a su grado máximo", según justificó el interventor bonaerense José Luis Cantilo. Y se cometió la peor barbaridad: el mismo gobierno mandó destruir el archivo de fichas dactiloscópicas.

Desanimado, se fue a vivir a Dolores, a la casa de su suegro Pedro Flores. Sus años de investigaciones junto a documentos, objetos y libros los donó a la Universidad Nacional de La Plata. Tenía 66 años cuando murió de cáncer y tuberculosis. "La decepción que amargó los últimos años de su vida a causa de la campaña insidiosa de la que fue víctima", alguien escribió.

La familia rechazó el ofrecimiento de la policía de velarlo en la comisaría. Fue en la misma casa, en Pellegrini y Alem, que ahora es una escuela.

En la casa donde nació en la isla Hvar, en el mar Adriático, actualmente se alquila para turismo y aún conserva un árbol que el joven Iván plantó, en tiempos en que no imaginaba la particular huella que dejaría para beneficio de la humanidad.

Fuente: Netfan Servicios